lunes, 12 de julio de 2010

ESCENA FINAL: EL SECRETO DE SUS OJOS

Benjamín Espósito subió presuroso las escalinatas del Palacio de Tribunales de Buenos Aires. Atravesó el imponente atrio, con sus espectaculares pisos de mármol y altísimas columnas griegas y llegó al despacho de Irene Menéndez Hastings. Abrió la puerta sin tocar antes y se encontró cara a cara con ella. Lucía tan bella como cuando se despidieron hace veinticinco años en la Estación de Retiro. Al verlo, ella sonrió sorprendida y se limitó a decir:

-¿Seguís vivo?

A lo que él respondió: -Si. Tengo que hablar con vos.

Se quedaron mirando el uno al otro como hipnotizados hasta que Mariano, el asistente, importunó preguntando si traía café. Irene le pidió que se retirara.

Volvieron a mirarse como queriendo decirse todo lo que no habían podido en tantos años hasta que ella interrumpió el silencio:

-Va a ser complicado.

–No me importa. Respondió Benjamín.

Sus caras eran la personificación de la felicidad. Ella, con una sonrisa entre tierna y pícara pero que lo decía todo, le ordenó:

-Cerrá la puerta.

FIN
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