viernes, 26 de mayo de 2017

lunes, 11 de octubre de 2010

MIGUELINA LA GALLEGA

Miguelina, Migue o La Gallega, es una gallega de pura cepa, nacida en La Habana, Cuba y cuya fecha de nacimiento es una incógnita. Según su pasaporte nació el 11 de octubre de 1922, pero ella insiste en que esa es la fecha de nacimiento de una hermana con el mismo nombre que falleció a los pocos meses de nacida. Igual nunca ha tenido idea ni le ha interesado saber cual es su verdadera fecha de nacimiento ni su edad pero se concluye que nació hacia 1925.
Es la cuarta de los cinco hijos de Benito Pereira y Josefa Alonso y la única que nació en La Habana. Su padre era un excelente ebanista y por eso viajo con toda su familia a Cuba. El trabajaba para una familia, muy rica y poderosa, tallando puertas, ventanas y balaustradas en caoba. Algunos detalles hacen pensar que una casa que se mantiene casi intacta en el sector de El Vedado, La Habana, con casi todos sus enseres y mobiliario, haya sido precisamente la de esa familia. Dicho palacete pudo sobrevivir a la revolución y hoy en día es la sede del Museo de Artes Decorativas.
El nacimiento de Miguelina coincidió con el de uno de los herederos de la familia y su mamá automáticamente pasó a ser la nodriza del recién nacido. Eso le trajo problemas en su vida familiar y especialmente en su vida de pareja, ya que pasaba mucho tiempo dentro del imponente palacete.
Los Pereira vivían en una casita en los terrenos de la propiedad para facilitar a Josefa su desempeño como nodriza. La gota que rebasó el vaso ocurrió una tarde cuando Benito encontró a su mujer sonriéndole al dueño de casa. Esa misma noche Benito decide dejar su promisorio porvenir en Cuba y regresar a Galicia a ocuparse de su finca. Como buen gallego era extremadamente terco y ni su mujer ni nadie pudieron disuadirlo, ni siquiera el hecho de que su bebita aún no tuviera documentos. De hecho, al llegar al pueblo de Lalín en la provincia de Pontevedra, nunca se molestaron en registrar a la niña que había sido bautizada con el mismo nombre de su hermanita fallecida.
A los pocos años de haber llegado a Lalín, Benito muere de pulmonía. A duras penas, trabajando arduamente en la finca, Josefa logra sacar a su familia adelante. Al comenzar la guerra civil, los hermanos mayores de Miguelina, Benito y Delfín se ven obligados a irse a luchar. Toda la familia es franquista.
Todas las hermanas se casan menos ella. En el año 1957 toma la decisión de venirse a Venezuela con su sobrina Ofelia y su esposo Manuel, que estaban recién casados. Zarpan de Vigo en el Irpiña.
Apenas llegó al país se empleó con una familia cuyos niños la adoraban pero la patrona era insoportable y la humillaba. Una tarde, desesperada hace su maleta y llorando, decide abandonar ese trabajo. Viene a tocar la puerta de la Quinta Dalia en La Floresta y se topa con una pareja con dos niños pequeños. Una niña de dos y un varón de casi uno. Inmediatamente al ver que la señora no se da abasto con los dos niños se pone a ayudarla, dándole de comer al bebé que además de fiebre tiene brasa. El bautizo del bebé ha sido suspendido nuevamente. Esta vez el padrino, el general Llovera Páez, está complicado por la situación del país. La señora estaba agotada por la falta de ayuda y Miguelina le inspiró confianza desde el primer momento. La entrevista consistió en una sola pregunta:- ¿Puede comenzar a trabajar de una vez? Ella accedió de inmediato pues esta señora le gustaba; sencilla amable, y educada, era todo lo contrario de su antigua patrona. Miguelina hace saber que está dispuesta a realizar cualquier labor menos cuidar niños. Pareciera que hubiera dicho justamente lo contrario pues lo que más y mejor ha hecho a lo largo de más de cincuenta años es precisamente cuidar niños. Ha sido otra mamá para los cinco hermanos Salas Roche y sus dieciséis descendientes.
Además de cargadora, ha sido psicóloga infantil, consejera familiar, maestra, médico, entrenadora de perros y hasta negociante y vidente. Su sabiduría campesina y sexto sentido la hacen un personaje fuera de serie. No solo ayudó a criar niños sino también perros y hasta pollos y conejos. A los perros les hablaba y la obedecían al pie de la letra. La primera fue Chispa, un cruce de Pomerania con Pequinés, después Canela, de raza salchicha, que pasó la mayor parte de su vida metida debajo de los gabinetes de la cocina o ladrando a cualquier persona que osara acercarse a la reja de entrada, Monsieur a quien llamaba Mishé y finalmente Susi, una Golden un tanto atarantada. A todos los crió más o menos con el mismo patrón. Como vivíamos en calle ciega y prácticamente a puertas abiertas, los acostumbró a que salieran y entraran de la casa para hacer sus necesidades en las áreas verdes. La cría de conejos comenzó cuando se trajo del Junquito una coneja para cruzarla con uno que habíamos traído de una verbena. Con ayuda de obreros de una construcción cercana construyó una conejera en el cerro y empezó la cría de los mismos. Nunca llegamos a consumirlos pero ella hacía trueque con el pollero, el frutero y hasta el heladero.
De las cosas que mejor recuerdo eran los paseos que hacíamos algunos sábados al recién inaugurado Parque del Este. Caminábamos desde la Calle El Samán, ya que había una entrada lateral muy discreta, a la que se accedía por un puente sobre una quebrada, por donde entrabamos gratis los que vivíamos en la Floresta. Casi siempre nos preparaba picnics que se llevaba en uno de esos maletines plásticos de línea aérea, muy típicos de la época. Recuerdo clarito las tiritas de carne a la plancha que se llevaba envueltas en papel aluminio, pues aún no habían llegado al país los Tupperware y que nos comíamos con palillos y más aun la botella de colita Grapette o Green Spot medio congelada que debíamos compartir entre los tres hermanos; pasábamos más tiempo tratando de que la repartición fuera equitativa que tomándonos la muestra de refresco. Más de una vez nos fuimos caminando al Club Altamira. Uno de sus lugares favoritos era la playa, adoraba ir a Puerto Azul, bañarse con nosotros en el mar, hacer castillos de arena, recoger uvas de playa, llevarnos a pescar al muelle en las tardes y luego a las 7pm, después de la cena, llevarnos al cine. Por nada del mundo se perdía las películas de Marisol, Marcelino Pan y Vino o las de Joselito. Muchas de ella estaban ambientadas en la España de su infancia. Todo éstos rituales los repitió con sus nietos en el Club Camurí y de hecho aún disfruta la playa pero no como antes, sospecho que porque no tiene niños chiquitos que cuidar. Ojalá pueda disfrutar pronto de algún bisnieto.
Sus diagnósticos fueron mejorando con el paso de los años. Cuando mi hijo Alfredo Ignacio tenía unos tres meses anunció que estaba muy duro y que tenía que hacerle gimnasia y hasta me dio ideas para que le hiciera ejercicios. Ni yo que soy terapista del lenguaje ni la pediatra nos habíamos percatado del asunto hasta ese momento. Cuando le dije que lo había hecho ver por un especialista, el Dr. Cuevas, me dijo que para qué si ya ella se había dado cuenta y me había explicado que tenía que hacer. Cuando el niño cumplió un año me fui de vacaciones y se lo dejé con todos los remedios, incluido vaporizador y hasta supositorios para la flema y la tos. Al cabo de una semana, me lo entrego curado y con instrucciones de no darle más leche de vaca. Para mi se trataba prácticamente de un milagro pues el niño había venido sufriendo de otitis y bronquitis recurrentes desde los 4 o 5 meses. A mi hermana Maru, le causaba mucha gracia que su pediatra, Tony Manrique, entre echando broma y en serio estuviese interesado en conocer la opinión de la Gallega a cerca de la dolencia del niño traído a consulta.
Merece un párrafo aparte el asunto de la horrible verruga en el dedo de mi hermanita Alexandra, la menor de todos los hermanos. Resulta que el tío Armando, dermatólogo de cuando las especializaciones se hacían en París, ya se la había cauterizado en dos oportunidades sin mayor éxito. La niña estaba aterrada con la perspectiva de una nueva visita al consultorio, pues el tío no tenía ninguna psicología. Ella recuerda claramente a mi mamá diciéndole con su pronunciación ligeramente afrancesada:- Mamita, eso no te va a doler casi, es rapidito-, a lo que el tío interrumpió para reclamar a mi mamá. -¡Pero Bijou: Cómo vas a engañar a la niña! Claro que le va a doler! Este procedimiento es sumamente doloroso. En el dedo están todas las terminaciones nerviosas!- En esta oportunidad Miguelina, cual hada madrina, también logró curar a la niña. Sencillamente se dedicó a colocarle savia de una mata de lechosa que ella misma había sembrado en la entrada de servicio, y a proteger la verruga con una curita. Al final se la terminó arrancando, ya seca, con un adhesivo más fuerte. Aún no habían salido al mercado las curitas medicadas para eliminar verrugas del Dr. Scholl!
Hay detalles que tal vez mi mamá nunca supo y que yo definiría como las travesuras de Migue como por ejemplo que le metía miedo a mi hermano Fran, porque le daba mucha guerra para comer, con Pedro Jurjullo. Casi lo mata del susto una noche que estaba particularmente inapetente y se puso de acuerdo con Cándida, la otra muchacha que trabajaba en la casa para que intentara darle de comer y lo distrajera, para ella asustarlo través de la ventana de la cocina con un paño oscuro y un horrible rugido. También casi todas las Navidades nos contaba como había tenido que interceder con San Nicolás y el Niño Jesús para que no le dejaran carbones a mi hermano. Todo esto era con la esperanza de que el niño empezara a comer. Recuerdo también su viejísimo misal con las ilustraciones pintoreteadas por mi donde nos mostraba y nos daba sus interpretaciones a cerca del mismísimo diablo con cachos, lanza y hasta los pecadores consumiéndose en las llamas. Nada de esto nos creo ningún tipo de traumas, tampoco las nalgadas o coscorrones que nos llegó a dar en alguna oportunidad.
De las cosas más tristes e injustas que recuerdo fue su primer viaje de vacaciones a Galicia. Ella quiso ir en barco y mamá fue a despedirla al puerto de La Guaira, mientras nosotros estábamos en el colegio. Partió por tres meses con mucha ilusión. Después de diez años iba a reencontrarse con su familia. Resultó ser que la mamá estaba tan emocionada que murió de un infarto y tuvo que ser enterrada tres días antes de que el barco atracara en Vigo. Fue algo terrible para todos.
Miguelina es la persona más leal, noble y trabajadora que he conocido en toda mi vida.
Su bondad y su capacidad de entrega no tienen límites y estoy segura que su coeficiente intelectual debe ser altísimo. Su intuición es algo impresionante; le sirve para detectar desde enfermedades hasta embustes y embarazos. Aunque se ha “amansado” su carácter es fuerte y dominante. Le encantaba darle órdenes a mi papá sobre lo que podía o no comer, ya que era en lo único en lo que lo podía mandar.

Nunca le conocimos ningún admirador, aunque estoy segura que debe haber tenido unos cuantos. Sencillamente su prioridad en la vida era ocuparse de nosotros. Sin ser particularmente bella tenía mucha chispa y picardía, sobretodo en su mirada color miel. Para mí, lucía más andaluza que gallega, con su piel morena y su pelo negro azabache que aprovechaba para cortarse cada vez que el barbero iba a casa a cortarle el pelo a mi hermano. Jamás se pintó el pelo y definitivamente tampoco se dio mala vida con el arreglo personal, aunque cuando nos acompañaba a las piñatas o salía los domingos lucía impecable. Dudo que en más de cincuenta años se haya comprado por iniciativa propia una prenda de vestir y menos aún un accesorio. Mi mamá y ahora mis hermanas y yo nos ocupamos de que nunca le falte nada. Las únicas veces que creo que se ha preocupado por la vestimenta y le pedido a su sobrina que le confeccione un vestido ha sido en ocasión de nuestros matrimonios. Su personalidad compensa con creces su baja estatura a la hora de hacerse sentir y respetar. Ella se ha ganado el aprecio y el cariño de todos nuestros familiares y amigos y por supuesto de todos los hermanos Salas Roche que la consideramos nuestra otra mamá.

lunes, 12 de julio de 2010

ESCENA FINAL: EL SECRETO DE SUS OJOS

Benjamín Espósito subió presuroso las escalinatas del Palacio de Tribunales de Buenos Aires. Atravesó el imponente atrio, con sus espectaculares pisos de mármol y altísimas columnas griegas y llegó al despacho de Irene Menéndez Hastings. Abrió la puerta sin tocar antes y se encontró cara a cara con ella. Lucía tan bella como cuando se despidieron hace veinticinco años en la Estación de Retiro. Al verlo, ella sonrió sorprendida y se limitó a decir:

-¿Seguís vivo?

A lo que él respondió: -Si. Tengo que hablar con vos.

Se quedaron mirando el uno al otro como hipnotizados hasta que Mariano, el asistente, importunó preguntando si traía café. Irene le pidió que se retirara.

Volvieron a mirarse como queriendo decirse todo lo que no habían podido en tantos años hasta que ella interrumpió el silencio:

-Va a ser complicado.

–No me importa. Respondió Benjamín.

Sus caras eran la personificación de la felicidad. Ella, con una sonrisa entre tierna y pícara pero que lo decía todo, le ordenó:

-Cerrá la puerta.

FIN
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domingo, 20 de junio de 2010

LA TETA ASUSTADA


Si no fuera por la impecable carretera y por los escasos vehículos , podría pensarse que se trata de un paisaje lunar o más bien de algún planeta desconocido. Es un paisaje totalmente desértico y muy hermoso, con enormes dunas de arena blanca y rocosas montañas al fondo. La vieja pick-up rojo ladrillo manejada por el tío lleva en la cabina abierta a Fausta y a su difunta madre, que convertida en momia pero con sombrero, bufanda y lentes luce como un pasajero más. Van acompañadas por un adormecido séquito de familiares. Fausta deja de contemplar a su madre para ponerse a observar detenidamente el paisaje. Después de pasar por un rústico túnel cavado en la roca Fausta divisa el mar y empieza a golpear la carrocería y a gritar:

-¡Tiiío, paaara!

hasta que finalmente el tío la oye , detiene la pick-up y la ayuda a bajar el cuerpo. Fausta va dejando sus huellas en la arena mientras recorre, con los restos de su madre a cuestas, un buen trecho hasta conseguir el sitio perfecto para su descanso , frente al océano.

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MILAGRO DEL DOMINGO DE PASCUA


Es la mañana del domingo de Pascua de 2001. Me dirijo con mis cuatro hijos al área de terapia intensiva para pacientes con traumatismos cerebrales del Jackson Memorial Hospital en Miami. La incertidumbre es grande. Han transcurrido nueve interminables días desde el accidente jugando polo en Wellington. Desde el Viernes de Concilio mi esposo ha estado en coma inducido y conectado a un respirador. Los médicos del hospital de Delray no habían sido nada optimistas. Temían que además de la hemorragia superficial en el lóbulo frontal hubiera daño en la base del cerebro con consecuencias irreversibles. En vista de que pasaban los días sin ver mejoría y que el riesgo de complicaciones iba en aumento habíamos logrado trasladarlo a Miami el día antes. Esa mañana, cuando llegamos a terapia intensiva y nos informaron que se encontraba en el área de hospitalización la sensación para nosotros fue más o menos la que deben haber sentido María y María Magdalena cuando llegaron al Santo Sepulcro el Domingo de Pascua. De hecho, el día anterior parecía un crucificado en plena agonía pues lo tenían amarrado y le habían disminuido los sedantes de manera que estuviera en condiciones de respirar por sí mismo cuando lo desconectaran del respirador. Era terrible ver como se estremecía y como le rodaban las gotas de sudor por las sienes. Entrar en la habitación 304 ha sido el momento más emotivo de nuestras vidas. No estábamos muy seguros acerca de lo que íbamos a encontrar pero al menos sabíamos que iba a vivir. Estaba recién bañado y un enfermero lo estaba afeitando. De inmediato nos reconoció y saludo. Todos lloramos de alegría. Hablaba en susurros y como si estuviera borracho pero eso era lo de menos. Supe en ese momento que todos nuestros rezos habían sido escuchados. Empezamos a llamar a toda la familia para darles la buena nueva. Cuando llamamos a mi hermano Fran le dijo: “Hola Mitterrand”. No me quedaron dudas de que iba a recuperarse. Así era como él lo llamaba cuando éramos novios allá por los años 70. La sorpresa mayor fue cuando llamamos a los colombianos que trabajaban en nuestra casa en Caracas, Lelys y Alver. El me anunció que nuestro adorado perro rodesiano, Barkley, acababa de morir misteriosamente. Entre otras cosas había dejado de comer unos días antes y la veterinaria, y de paso amiga de confianza de la familia, sospechando que podía haberse envenenado se lo había llevado a su clínica. Le hicieron cantidad de exámenes pero nunca obtuvieron un diagnostico. El perro se fue consumiendo hasta que murió esa misma mañana. Las palabras de Alver me dejaron helada: “Señora, dele gracias a Dios que el perro se llevo a la muerte que seguramente era para su marido”. Impresionada le conteste: “Alver cómo es posible que usted diga eso!”. El insistió: “Bueno en mi tierra estamos seguros que es así. Como explica usted que un perro sano y joven se enferme junto con su amo y muera justo cuando el se recupera? Por eso es que en mi tierra todos tenemos mascotas, no hay casa donde no la haya, hasta el mas pelao tiene al menos un pajarito!”

domingo, 25 de abril de 2010

MI HIJA LA ARQUITECTA



Toda la familia espera bajo las nubes de Calder en el Aula Magna. Está por comenzar el acto de graduación. La emoción es enorme! Se trata de Ana Cristina, la tercera de mis cuatro hijos. Según ella, la hija “sándwich” pero también “la favorita”. Al menos así firma los “hola familia” con que nos deleita cada vez que quiere compartir algo. Se empeñó en estudiar arquitectura a pesar de que traté de disuadirla. No fue nada fácil entrar en la UCV. Primero el propedéutico en Las Mercedes con algunas compañeras de clase, luego el especializado que garantiza el ingreso a la carrera, el doble de caro y de lejos. Finalmente el propedéutico de la facultad de arquitectura, compitiendo con estudiantes de otras universidades y hasta diseñadores gráficos. Entró de casualidad: la 120 de 120. La única entre tres amigas. A eso le siguieron cinco años de total y absoluta dedicación, de trabajo apasionado sin descanso, de salir casi todos los viernes a altas horas de la noche, muchas veces descorazonada por la cantidad de correcciones hechas al proyecto y encima aterrada de tener que caminar hasta el estadio a buscar el carro. Todo valió la pena. Cuando llegó su turno para recibir el título, la rectora Cecilia García Arocha ordenó que nos pusiéramos de pie. Ana Cristina se lo merecía. Además de obtener la mención Magna Cum Laude, 20 puntos en su tesis y haber dado la tarde anterior el discurso de graduación, era la 1 entre 88 graduandos!

miércoles, 14 de abril de 2010

RELATOS DE OTRAS LATITUDES







ISRAEL/ QUERER ES PODER


Hace poco estuve en el mercado Carmel de Tel Aviv. Viví toda una experiencia sensorial, disfrutando colorido, aromas, sabores, texturas, sonidos y un sin fin de detalles.
No sé que me impresionó más: la fragancia de las fresas, la abundancia de granadas, las cuales consideraba en proceso de extinción y cuyas semillas parecían piedras preciosas, el tamaño de las alcachofas, la variedad de quesos y panes, los bagels, las mujeres drusas preparando los pita ahí mismo, los encurtidos, las aceitunas, los pescados más que frescos, algunos aún vivos y retozando, las montañas de gomitas, orejones, dátiles, pistachos, nueces, almendras, avellanas, las enormes bandejas de baklava y otros dulces típicos del medio oriente, las flores alegres y llenas de vida que constituyen un importante producto de exportación.
Parecía tratarse del mercado del Paraíso Terrenal pero en realidad sucede que los israelíes con constancia y tenacidad han logrado el milagro de que tierras desérticas que ocupan más de la mitad de su territorio, produzcan una impresionante variedad de frutos, para mi entre los más bellos y apetitosos que he visto. Parte de este éxito se debe, entre otras cosas, a que crearon un sistema de riego automático que ha sido copiado en todo el mundo, incluyendo los países árabes. Para mí se trata sencillamente de que para el pueblo israelí no existen obstáculos, ni límites, ellos son el vivo ejemplo de que querer es poder.